Antonio Rendón . En el centro del Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla se conserva una fuente cuya función original trascendió lo meramente utilitario para convertirse, con el paso de los siglos, en un elocuente símbolo de continuidad espiritual, cultural y religiosa a lo largo de más de mil años de historia.
El conjunto hidráulico está formado por dos elementos principales, una gran taza de mármol, labrada en un solo bloque, que alberga el surtidor central y se apoya sobre un pilar, y un amplio vaso circular que recoge el agua y la conduce al sistema de riego del patio. Este sistema se completaba originalmente con aljibes subterráneos y, al menos, dos brocales de pozo, de los cuales se conserva uno en la actualidad.
Desde una lectura catequética y simbólica, el agua de esta fuente adquiere un significado que va más allá de su uso funcional. En la tradición cristiana, el agua es signo de vida, purificación y renacimiento, valores que dialogan de forma natural con su anterior utilización en el ámbito islámico, vinculada al rito de las abluciones. Tras la conquista cristiana de Sevilla, este elemento fue respetado y conservado, integrándose en el nuevo espacio catedralicio sin perder su centralidad ni su carga simbólica.
La fuente, de grandes dimensiones ,con un diámetro aproximado de seis metros,, presenta una pieza principal de planta octogonal, una forma profundamente significativa en el cristianismo, asociada al llamado “octavo día”, símbolo de la Resurrección y de la nueva vida. Su decoración exterior se articula mediante una soga tallada, compuesta por cuatro cordones en la parte superior, y una corona vegetal en la zona central, motivos que evocan ideas de unidad, continuidad, fecundidad y eternidad.
Los estudios arqueológicos han permitido constatar que la fuente ha experimentado diversas transformaciones a lo largo del tiempo y han situado su origen en época emiral, descartando una cronología romana, entre otros motivos, por la propia configuración octogonal de la pieza.
El conjunto integra, por tanto, elementos de tradición islámica anteriores a la mezquita almohade, que a su vez recogen formas y símbolos heredados de los primeros siglos del cristianismo. Estos elementos fueron posteriormente respetados tras la consagración de la mezquita como catedral cristiana, permaneciendo en uso y significación hasta nuestros días.
Esta reutilización de materiales no debe entenderse como un hecho casual. Desde una perspectiva cristiana, puede interpretarse como una transmisión silenciosa de la fe y de la sacralidad del lugar: elementos vinculados a la Hispania tardoantigua cristiana fueron asumidos por el mundo islámico y, siglos después, plenamente reintegrados en el contexto catedralicio, sin ruptura de la continuidad del espacio sagrado.
De este modo, la fuente del Patio de los Naranjos se erige como un testimonio vivo de la historia religiosa de Sevilla, donde el agua, la piedra y la fe se han transmitido de generación en generación. Un espacio en el que la herencia de los primeros cristianos, la espiritualidad islámica y la tradición católica no se excluyen, sino que dialogan y se superponen, ofreciendo al visitante una auténtica catequesis tallada en piedra.
