Lleva un moño bajo, clásico, con la raya en medio y el pelo negro teñido. Debió ser muy elegante en los años sesenta subida a una vespa, de lado, conducida por el pájaro de su marido disfrazado de caballero. Imagino que, entonces, tendría un armario lleno de pañuelos con los que se ataba el pelo luciendo cintas de sugestivos colores. Nada dura para siempre. ¿Le parezco demasiado mayor? pregunta antes de sentarse. El me cerraba los ojos un segundo antes de que me durmiera. Llenaba la casa de flores para mis cumpleaños. Parecía estar tan pendiente de mí que yo lo adoraba. Pero sólo era técnica. En esta vida se aprende todo. Disculpe si le estoy agobiando, pero una ha callado tanto, que esta noche tengo muchas ganas de hablar. Mira a la puerta de entrada al café Europa y parece contemplar a un aparecido. Se levanta, fija la vista y comprueba que viste igual que yo, el jersey azul de pico, la corbata granate a rayas, los pantalones gris marengo. Se ha levantado, pide disculpas. Yo no era con el que se había citado a ciegas por el chat. Me dejó sola muy pronto, me dice antes de irse, yo era casi una chiquilla, desde entonces no ha habido otro hombre, se lo aseguro. Asiento con la cabeza y comprendo que tiene derecho a festejar los cincuenta años de soledad. La mitad de su novela favorita.
Derecho a festejar los cincuenta años de soledad. La mitad de su novela favorita.
Lleva un moño bajo, clásico, con la raya en medio y el pelo negro teñido. Debió ser muy elegante en los años sesenta subida a una vespa, de lado, conducida por el pájaro de su marido disfrazado de caballero. Imagino que, entonces, tendría un armario lleno de pañuelos con los que se ataba el pelo luciendo cintas de sugestivos colores. Nada dura para siempre. ¿Le parezco demasiado mayor? pregunta antes de sentarse. El me cerraba los ojos un segundo antes de que me durmiera. Llenaba la casa de flores para mis cumpleaños. Parecía estar tan pendiente de mí que yo lo adoraba. Pero sólo era técnica. En esta vida se aprende todo. Disculpe si le estoy agobiando, pero una ha callado tanto, que esta noche tengo muchas ganas de hablar. Mira a la puerta de entrada al café Europa y parece contemplar a un aparecido. Se levanta, fija la vista y comprueba que viste igual que yo, el jersey azul de pico, la corbata granate a rayas, los pantalones gris marengo. Se ha levantado, pide disculpas. Yo no era con el que se había citado a ciegas por el chat. Me dejó sola muy pronto, me dice antes de irse, yo era casi una chiquilla, desde entonces no ha habido otro hombre, se lo aseguro. Asiento con la cabeza y comprendo que tiene derecho a festejar los cincuenta años de soledad. La mitad de su novela favorita.
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